LA NIÑA DOS Y LAS DEMÁS
Aquellas niñas buscaban un recuerdo primero,
algo de abuelas: un yerro o una foto. El desván
era una estrella enana y muerta, muerta. Tan
muerta que podían mirarla desde cerca. Cayeron
en los agujeros negros de la edad en que todavía
se tiene edad, antes de darse cuenta. Cayeron
en la hipoteca y el tedio, aquellas niñas. Allí mismo
quedaron sepultadas, sus hijas sollozando.
Todo
en apenas un segundo.
Las niñas uno y dos habían leído en una revista
sobre un cantante guapo. Tenía vaqueros ajustados
y el pelo rubio se le metía en los ojos. Aquella noche
la niña dos no pudo dormir. La niña uno, mientras,
fue al escritorio de su padre y con lágrimas
en los ojos selló una carta a fecha
de un día antes. Luego llenó un vaso
de güisqui con hielo (tanto hielo
que al beberlo reventó en silencio).
Un día, la niña tres le dijo a la niña dos
que el Ratón Pérez no volvería a mirar
de más en sus almohadas. En venganza
la niña dos soltó a su perro Limbo
para que se la comiera. La niña tres
gritó que no era culpa de la tele, que no
era culpa de las marcas ni del aborto su
futuro fallido de antemano y sus cursos de
idiomas y divorcios. El eco de su rabia
se escucha todavía si te esfuerzas.
El papá de la niña dos tenía un piso
en la costa y un puro en la boca y un gatito
de porcelana cara en la repisa. Cuando la niña cuatro
preguntó a su papá qué era la soledad, él rió y
luego levantó los pies, acomodándose. La
niña cuatro volvió a su habitación
con la cabeza gacha. Hacía mucho tiempo
que sabía lo que eran los delfines,
las teteras y el rombo, pero nada de aquello
le dolería siempre.
La niña dos murió de celos
una tarde, cualquiera.
En aquel colegio obligaban a uniforme
a cuadros azulones. Las niñas
salían a su hora con las carpetas firmes, las medias
bien subidas, los tirantes. La más mayor
no tendría trece años. Una tarde
hicieron una visita al desván, a por recuerdos
y nadie volvió a verlas.